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Un grande sin anillo

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La historia de la NBA deja en lo más alto a aquellos que se han laureado ganando anillos, estableciendo récords que pasen a la posteridad y que hayan sido ídolos en sus respectivas épocas. Sin embargo, esa misma historia es injusta con jugadores de un talento sobrenatural, de una carrera impoluta y de un juego brillante. 

Cuando empezamos a citar a los mejores pívots de la historia aparecen nombres como el de Wilt Chamberlain, Kareem Abdul-Jabbar, Bill Russell o Walton, pero muchas veces nos olvidamos de un jugador que fue 8 veces All-Star en la década de los 70, ganó el MVP en el All-Star del 74 y desde 1992 es miembro del Hall of Fame con todo merecimiento. 

Jugó en Detroit y se retiró en Milwaukee. Lo único que le faltó para que su nombre quedara en la memoria de los aficionados fue el anillo. Ni siquiera jugó unas finales. Nadie dudaba de la calidad que atesoraba, ni de los logros que consiguió a nivel individual, pero no llegó a vivir la etapa de los Bad Boys y se quedó sin saber cómo se viven unas Finales de la NBA. 
Bob Lanier. Quizás el mejor pívot puro que han tenido en Detroit. El líder histórico en tiros de campo intentados y mejor media de puntos por partido (22). Lanier era zurdo. Solo por eso ya era especial. Su gancho era letal, imparable, a la par del gran Kareem. Tenía un físico descomunal. 2,11 pero una fuerza bruta sobrenatural. 

El Draft del 1970 tuvo a Lanier como número uno. Bob llegaba a una ciudad que llevaba una década viajando sin rumbo, con un récord de victorias por debajo del 50% y sin un proyecto definido. Él tenía que reflotar la franquicia y ser la piedra angular. Su primer año fue bueno, promediando 15 puntos por partido y haciendo que el equipo ganase 14 partidos más que la campaña anterior. 

Su campaña como sophomore ya fue superlativa, alcanzando medias de 25 puntos y 14 rebotes por partido. Algo que acabaría siendo rutina durante los años que acompañaron su carrera en Detroit. Los Playoffs eran casi inviables, pero lograron la gesta en el 74, siendo eliminados por los Bulls a las primeras de cambio. Lanier nunca lograría jugar unas Finales, su gran lastre en la carrera. 

Su estilo era correoso. Buscaba el contacto, no se achantaba ante nadie y ese ímpetu de entrega le costó lesiones. En Milwaukee consiguió jugar Playoffs con asiduidad, pero sin llegar a disputar las ansiadas finales. Esa fue su espinita de su carrera. Un anillo. Unas Finales. La gloria. Tocar el cielo. Pasar a la posteridad entre los grandes.

Bob Lanier está en otro escalón, pero nadie duda que es una leyenda de la NBA. 


Miguel Lois (@MiguelLois)

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